UN HISTÓRICO AVICIDIO

Primero fueron los moas o dinornítidos, aves paleognatas sin alas que llegaba a pesar hasta 270 kilogramos.  Luego desapareció el dodo de las Islas Mauricio convertido en apetitoso manjar de portugueses y holandeses, quienes en el  término de cien años se comieron hasta el último pichón. Y desaparecieron  el alca gigante, los moa-nalo, la cotorra de Carolina, el ave elefante o vorompatra, el emú de la isla Kangaroo, el ánade de la isla Ámsterdam, el ganso de Mauricio y otras 150 especies emplumadas de las diez mil que han coexistido con el hombre.

El más asombroso y despiadado avicidio del que se tenga noticias hasta la fecha fue el  perpetrado en el siglo pasado con la paloma migratoria norteamericana, pues se ha calculado que era el pájaro más abundante del planeta ya que sus bandadas podrían alcanzar hasta 500 kilómetros  de largo y compuestas por miles de millones de individuos que ocupaban el cielo a lo largo y ancho hasta  tal punto de oscurecerlo, literalmente hablando.  Podían pasar durante horas y horas sin saberse en qué momento cruzaría el último ejemplar y el aleteo que producían todos sus integrantes generaba una brisa y un ruido que se podían apreciar con gran facilidad.

Las palomas migratorias eran de mayor tamaño que las que actualmente se posan sobre nuestros campanarios y estatuas.  Eran de color azul oscuro con plumas rosadas en el pecho y de un sabor inigualable, contaban las lenguas de muchos comensales.

Su dieta consistía de bellotas, bayas, nueces e insectos que comían en cantidades incalculables pero la presión del hombre sobre los bosques orientales de los Estados Unidos  comenzó a diezmar sus posibilidades de existencia y, a su vez, aparecieron las escopetas con sus cientos de perdigones que las abatían  por docenas de un solo disparo.

A partir de la mitad del siglo XVII la mayor parte de los bosques del corazón norteamericano se convirtieron en granjas donde estas aves se daban sus festines y se convirtieron en enemigas de los granjeros, pues el consumo de semillas era incalculable y se desató una cacería indiscriminada sobre ellas a tal punto, que cada día llegaban a Boston y Nueva York vagones de trenes cargados de estas aves.  Fue tal el delirio de los cazadores, que en el año de 1900 no había rastro alguno de las palomas migratorias y solo quedaban unas cuantas como ejemplares de muestra en el zoológico de Cincinnati. Para cuando los administradores de este lugar entendieron la importancia de esta y del peligro que representaba su extinción, la última murió en ese lugar en 1914.

Con el pasar de los años la inventiva del hombre ha demostrado que no tiene límites, pero proteger la vida de las especies animales se ha convertido en una paradoja, pues mientras más conoce de su composición genética, sus hábitos y sus costumbres, la cacería es cada día menos sostenible, las selvas son arrasadas y los mares desocupados.

Copyright © 2010 Colombianos En Acción. Todos los derechos reservados.